La Resurrección de Jesús irrumpe como luz eterna en el corazón de la humanidad, restaurando la alegría profunda tras el silencio del Triduo, anunciando el nuevo tiempo del Señor vivo que camina con nosotros para siempre. En el Domingo de Pascua, el círio pascual — símbolo flameante de Cristo, luz que se consume en amor — ilumina la asamblea, invitándonos a reavivar la esperanza en nuestras almas.
Escucha el Gloria resonar triunfante: “¡Gloria a Dios en las alturas!”, mientras el círio, marcado con granos de incienso como las llagas gloriosas, proclama la victoria sobre la muerte. Esa llama viva, encendida del fuego nuevo, transforma nuestras tinieblas en calor divino, recordándonos que Jesús resucitado es fuego purificador, presencia amorosa que calienta e ilumina el mundo. Es el tiempo nuevo: Cristo no es más prisionero del sepulcro, sino Rey vivo, invitándonos a vivir en su luz, compartiéndola como las abejas construyen la colmena de la Iglesia.
Como nos enseñaba el Papa Benedicto XVI, el círio pascual brilla al consumirse en amor, presentando el misterio de Cristo que se dona para conceder la gran luz. Deja que esta alegría pascual inunde tu corazón: resucita con Él, llevando su luz a los que sufren, en gratitud por la salvación.
¡Feliz Pascua a todos! Que el Resucitado llene tu vida de gloria eterna, alegría inextinguible y paz profunda.