El 02 de febrero, la Iglesia celebra el Día Mundial de la Vida Consagrada, instituido por San Juan Pablo II. En esta misma fecha, contemplamos la Presentación del Señor en el Templo: Jesús, llevado por María y José, se manifiesta como luz para las naciones. Es precisamente a esa luz como se comprende la vida consagrada: personas llamadas a pertenecer totalmente a Cristo, para que su presencia brille en medio del pueblo.
La vida consagrada es un don para la Iglesia. Monjes, monjas, frailes, hermanas y consagrados laicos testimonian, con su propia existencia, que Dios basta; que el Evangelio puede vivirse “sin reservas”; que el Reino ya está presente, aunque todavía en camino. Mediante la profesión de los consejos evangélicos —pobreza, castidad y obediencia— proclaman con su vida que Cristo es el verdadero tesoro y que su amor puede colmar el corazón humano.
San Juan Pablo II recuerda que las personas consagradas ofrecen una contribución decisiva a la evangelización, llevando la fuerza profética de una elección radical por el Evangelio. Esta profecía no es teoría: aparece en el silencio de los claustros y también en las calles; en la fidelidad escondida y en el servicio visible; en la educación, la salud, la misión, la caridad organizada y el cuidado de los más frágiles. Donde hay consagración, hay un recordatorio permanente de que la Iglesia vive para Dios y para el mundo.
Si hay un “corazón” de la vida consagrada, es la oración. La Iglesia cuenta con la intercesión diaria de hombres y mujeres que sostienen la misión con adoración, alabanza y súplica. En tiempos de ruido, prisa y materialismo, los consagrados se convierten, como decía San Juan Pablo II, en verdaderos “maestros de oración”, ayudando también a laicos y clérigos a reencontrar lo esencial: permanecer con Cristo para, entonces, salir al encuentro de los hermanos.
¿Por qué la Iglesia celebra este día?
- Para agradecer: por la fidelidad cotidiana de tantos consagrados, muchas veces silenciosa y escondida
- Para reconocer: la vida consagrada como signo del Reino y memoria viva del Evangelio
- Para rezar: por perseverancia, santidad y alegría en la misión
- Para pedir: nuevas vocaciones, para que nunca falten testigos que “lo dejan todo” por Cristo
Recemos por las vocaciones
Jesús, Maestro divino, que llamaste a los apóstoles a seguirte, sigue pasando por nuestros caminos, por nuestras familias, por nuestras escuelas, y sigue repitiendo la invitación a muchos de nuestros jóvenes. Da valor a las personas llamadas. Da fuerzas para que te sean fieles como sacerdotes, como diáconos, como religiosos y religiosas, para el bien del pueblo de Dios y de toda la humanidad.
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Felicitaciones a todos los religiosos y religiosas.