San José es invocado universalmente como patrono de la buena muerte, una devoción enraizada en la tradición de que falleció en Nazaret, en brazos de Jesús y María. Así, José, al morir rodeado por el Hijo de Dios y su Madre, intercede por una muerte serena y misericordiosa. El Papa Francisco destaca: “Para un cristiano, una buena muerte es experiencia de la misericordia de Dios, que se acerca incluso en el último momento.”
La Iglesia incentiva esta confianza: en el Catecismo, recomienda entregarse a San José en la hora de la muerte, junto a la Virgen María (Letanía de los Santos: “De muerte súbita e imprevista, líbranos, Señor”). En el Directorio sobre Piedad Popular, su invocación se sugiere en la Commendatio Morientium (Recomendación de los Moribundos), pidiendo que las almas sean conducidas a la paz eterna con María, José y los santos. Santo Afonso de Ligório exhorta: “José es el protector del lecho de muerte, porque murió entre Jesús y María.”
En Patris Corde, Pío XII lo proclamó patrono de los trabajadores, pero la tradición lo eleva como intercesor supremo de los agonizantes, con asociaciones como las de la “Buena Muerte” y “Tránsito de San José”. El Papa Benedicto XV incentivó prácticas piadosas para implorar su ayuda a los moribundos. Hoy, ante la cultura del “bien-estar” que ignora la muerte, Francisco alerta contra la aceleración de la muerte de los ancianos o la eutanasia, defendiendo cuidados paliativos y respeto a la vida hasta el fin.
Pidamos la intercesión de San José por los moribundos y por nuestra muerte: “Oh San José, padre adoptivo de Jesucristo y verdadero esposo de la Virgen María, ruega por nosotros y por los agonizantes de este día/noche. Amén.”
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