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Un mes vocacional

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Un mes vocacional

Agosto puede servir como un recordatorio, aunque en muchos países no se celebre “el mes vocacional” en el calendario: la clave es que toda vocación cristiana, por su misma naturaleza, es vocación al apostolado, y la Iglesia no puede prescindir de la contribución real de sus miembros para que el mundo entre en relación con Cristo. Por eso, más que una fecha, se trata de un tiempo interior: Dios sigue llamando y cada bautizado está llamado a contribuir con su vida al anuncio y a la santificación.

En el discernimiento, la familia tiene un papel insustituible: los jóvenes aprenden primero de sus padres “las primeras nociones de la fe”, el camino de la oración y la práctica de las virtudes, y desde ahí nace la disponibilidad para responder a una vocación. La Iglesia invita a los padres a mirar el futuro con fe, a ayudar a los jóvenes a realizar libremente su vocación, sin disminuir el valor de ninguna forma querida por Dios —incluida la vocación al matrimonio—.

También en toda época la Iglesia acompaña las vocaciones al ministerio ordenado y a la vida consagrada, porque la vida consagrada es un don de Dios para su Iglesia: por la profesión de los consejos evangélicos hace “visibles” en medio del mundo rasgos propios de Cristo (castidad, pobreza y obediencia) y dirige la mirada de los fieles hacia el misterio del Reino. No es un fenómeno marginal, sino una realidad “que afecta a toda la Iglesia” y un don precioso y necesario para el presente y el futuro del Pueblo de Dios; por eso exige una espiritualidad profunda y una búsqueda constante de la santidad, dejando “todo” por amor de Cristo.

Y, para que este llamado se vuelva vida concreta, la vocación de los laicos —que deriva del Bautismo y de su unión con Cristo— tiene un derecho y un deber propios: participar en el apostolado, con la fuerza de la fe, la esperanza y la caridad que el Espíritu difunde. Los sacramentos, especialmente la Eucaristía, comunican y nutren la caridad, “alma de todo el apostolado”, mientras que la acción en el mundo debe animar y perfeccionar el orden temporal con espíritu evangélico, para que las obras “atraigan” hacia Dios y se anuncie a Cristo con palabras y con hechos.

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